El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ANTONIA.— Perdonadme, señor.
ARGAN.— ¡Es admirable!
ANTONIA.— No juzguéis mal de mi curiosidad por ver a un enfermo tan ilustre como vos. Vuestra reputación, que se extiende por todas partes, excusa la libertad que me he tomado.
ARGAN.— Servidor vuestro, señor mÃo.
ANTONIA.— Veo que me observáis muy atentamente. ¿Qué edad creéis que tengo?
ARGAN.— Todo lo más, veintiséis o veintisiete años.
ANTONIA.— ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Tengo noventa años.
ARGAN.— ¿Noventa años?
ANTONIA.— SÃ, señor. Los secretos de mi arte han conservado de este modo mi lozanÃa y mi vigor.
ARGAN.— ¡Por vida de…! ¡Vaya un jovencito de noventa años!