El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ANTONIA.— El pulmón y nada más que el pulmón; estoy seguro. ¿Qué plan de alimentación os habÃan puesto?
ARGAN.— Legumbres.
ANTONIA.— ¡Ignorantes!
ARGAN.— Caza.
ANTONIA.— ¡Ignorantes!
ARGAN.— Ternera.
ANTONIA.— ¡Ignorantes!
ARGAN.— Caldos.
ANTONIA.— ¡Ignorantes!
ARGAN.— Huevos frescos.
ANTONIA.— ¡Ignorantes!
ARGAN.— Y por la noche, ciruelas para aligerar el vientre.
ANTONIA.— ¡Ignorantes!
ARGAN.— Y, sobre todo, beber el vino muy aguado.
ANTONIA.— Ignorantus, ignoranto, ignorantum! El vino se debe beber puro; y para espesar la sangre, que la tenéis muy lÃquida, es preciso comer buey viejo, cerdo cebado, queso de Holanda, harina de arroz y de avena, castañas y obleas para aglutinar… Vuestro médico es un animal. Yo os enviaré un discÃpulo mÃo, y yo mismo vendré de cuando en cuando a veros, mientras esté aquÃ.
ARGAN.— ¡Cuánto os lo agradeceré!