El enfermo imaginario

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Escena XIV

CLEONTE.— ¿Qué tenéis, Angélica? ¿Por qué lloráis?

ANGÉLICA.— ¡Lloro porque acabo de perder lo más grande que puede perderse en la vida! ¡Lo más querido! ¡Lloro la muerte de mi padre!

CLEONTE.— ¡Qué catástrofe! ¡Qué suceso tan inesperado…! Habiéndole rogado a vuestro tío que intercediera en mi favor, venía ahora a presentarme a él para rogarle, con todos los respetos, que me concediera vuestra mano.

ANGÉLICA.— No hablemos más de nada, Cleonte, y olvidemos toda idea de matrimonio. Después de esta desgracia, no quiero pertenecer al mundo; renuncio a él para siempre… ¡Sí, padre querido! Si antes me resistí a vuestros deseos, quiero seguirlos ahora y reparar de este modo la pesadumbre que os causé y de la que ahora me acuso. Aceptad, padre mío, mi promesa y dejad que os abrace para testimoniaros mi ternura.

ARGAN (Incorporándose).— ¡Hija mía!

ANGÉLICA (Aterrada).— ¡Ah!

ARGAN.— ¡Ven! ¡No temas! Tú sí eres de mi sangre; mi verdadera hija, cuya bondad me enorgullece.


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