El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ANGÉLICA.— ¡Qué agradable sorpresa, padre mÃo! Y ya que, para dicha mÃa, vuelvo a veros, dejad que me eche a vuestras plantas y que os suplique que, si no estáis dispuesto a favorecer los impulsos de mi corazón, si no queréis darme a Cleonte por esposo, al menos, os lo ruego, no me obliguéis a casarme con otro. Es la única gracia que os pido.
CLEONTE (Echándose a los pies de ARGAN).— Dejaos enternecer, señor, por sus ruegos y por los mÃos, y no queráis contrariar los transportes de nuestra mutua inclinación.
BERALDO.— ¿Te opondrás aún?
ANTONIA.— ¿Permaneceréis insensible a tanto amor?
ARGAN.— Que se haga médico y consentiré en el matrimonio. Haceos médico y os entrego mi hija.
CLEONTE.— Con mucho gusto, señor. Si es ésa la condición para llegar a ser vuestro yerno, yo me haré médico, y boticario también, si os agrada. ¡Qué no harÃa yo por lograr a la hermosa Angélica!
BERALDO.— Se me ocurre una cosa, hermano. ¿Por qué no te haces médico tú también? Ésa serÃa la mejor solución, porque entonces lo tendrÃas todo en tu mano.
ANTONIA.— Es verdad. Ése serÃa el mejor medio de curaros; no hay enfermedad tan osada que se atreva a jugársela a un médico.