El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ARGAN.— ¿Os burláis de m� ¿Estoy yo en edad de ponerme a estudiar?
BERALDO.— ¿Estudiar? La mayorÃa de los médicos no saben lo que tú.
ARGAN.— ¿Y el latÃn? ¿Y el conocimiento de las enfermedades y de su medicación?
BERALDO.— En el instante de vestir los manteos y calarte el birrete adquieres todos esos conocimientos.
ARGAN.— Pero ¿con sólo vestir los hábitos se sabe medicina?
BERALDO.— ¡Claro…! Con una toga y un bonete, todo charlatán resulta un sabio, y los mayores desatinos se admiten como cosa razonable.
ANTONIA.— Además, con esas barbas ya tenéis la mitad del camino ganado; unas buenas barbas hacen a un médico.
CLEONTE.— Y en último caso, aquà estoy yo dispuesto a todo.
BERALDO.— ¿Quieres que despachemos ahora mismo?
ARGAN.— ¿Ahora mismo?
BERALDO.— Y aquÃ, en tu misma casa.
ARGAN.— ¿En mi casa?
BERALDO.— SÃ. Yo tengo amigos en la Facultad que vendrán al instante para que celebremos la ceremonia en la sala. Además, no te costará nada.