El enfermo imaginario
El enfermo imaginario CLEONTE.— Celebro el encontraros levantado y ver que estáis mejor.
ANTONIA (Fingiendo indignación).— ¿Quién os ha dicho que está mejor? No es cierto: el señor sigue mal.
CLEONTE.— He oÃdo decir que el señor estaba más aliviado, y a juzgar por el semblante…
ANTONIA.— ¿Qué queréis decir con eso del semblante? El señor tiene muy mala cara, y es una impertinencia decir que está mejor. Nunca estuvo tan mal como ahora.
ARGAN.— Tiene razón.
ANTONIA.— Anda, duerme, come y bebe como todo el mundo; pero, a pesar de eso, está muy mal.
ARGAN.— Es verdad.
CLEONTE.— Lo lamento, señor… Yo venÃa de parte del maestro de música de vuestra hija, que se ha visto precisado a marchar al campo por unos dÃas; y, como tenemos una gran amistad, me ha rogado que continuase las lecciones, temeroso de que, al interrumpirlas, pueda olvidar vuestra hija lo que ya ha aprendido.
ARGAN.— Perfectamente. Llama a Angélica.
ANTONIA.— Será mejor que el señor vaya a buscarla a su alcoba.
ARGAN.— No, dile que venga.
ANTONIA.— Les conviene cierto recogimiento para dar la lección.