El enfermo imaginario

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ANGÉLICA.— Los antiguos, señor, eran los antiguos, y nosotros somos gentes de ahora; de una época en que no son necesarios esos subterfugios, porque cuando un marido nos agrada sabemos aproximarnos a él sin que se nos obligue. Tened, pues, paciencia, y si me amáis, mis deseos deben ser también vuestros.

TOMÁS.— Siempre que no se opongan a las intenciones de mi amor.

ANGÉLICA.— Y ¿qué mayor prueba de amor que la de someterse a la voluntad de quién se ama?

TOMÁS.— Distingo, señorita: en aquello que no se refiera a la posesión, concedo; pero en lo que le concierne, niego.

ANTONIA.— ¡Así se razona! (A Angélica). El señor, sale ahora, vivito y coleando, de la escuela, y siempre tendrá una réplica para quedar encima. ¿A qué viene, esa resistencia y por qué renunciáis a la gloria de uniros con el cuerpo facultativo?

BELISA.— Acaso haya por medio otra inclinación.

ANGÉLICA.— Si la hubiera, sería de tal naturaleza que la razón y la honestidad podrían autorizarla.

ARGAN.— ¡Por lo visto, yo no soy más que un monigote!


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