El enfermo imaginario
El enfermo imaginario BELISA.— Yo, en tu caso, hijo mÃo, no la obligarÃa a casarse, y… ya sabrÃa yo lo que hacer con ella.
ANGÉLICA.— Comprendo lo que queréis decir, señora, y conozco vuestras caritativas intenciones respecto a mÃ; pero acaso vuestros deseos no se realicen.
BELISA.— Lo creo; las jovencitas de hoy, muy juiciosas y recatadas, se burlan de la sumisión y obediencia que se debe a los padres. Eso estaba bien en otros tiempos.
ANGÉLICA.— Los deberes de hija tienen un lÃmite, señora, y no hay razón ni ley alguna que obligue a obedecer en todo ciegamente.
BELISA.— Eso quiere decir que no es que desdeñes el matrimonio, sino que quieres elegir un marido a tu gusto.
ANGÉLICA.— Y si mi padre no quiere dármelo, al menos que no me obligue a casarme con quien no puedo amar.
ARGAN.— Perdonad esta escena, señores.