El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ANGÉLICA.— Cada cual lleva sus intenciones al casarse. Yo, que no quiero un marido sino para amarle de veras y hacer de él el objeto de mi vida, tengo que tomar mis precauciones. Hay quien se casa para libertarse de la tutela paterna y campar a su gusto; hay también, señora, quien hace del matrimonio un comercio, y quien se casa únicamente por los beneficios, enriqueciéndose a la muerte del marido y pasando, sin escrúpulos, de uno a otro sin más fin que expoliarlos. Quienes asà actúan en verdad se fijan poco en las cualidades de la otra persona.
BELISA.— Estás muy habladora… ¿Qué es lo que quieres decir con todo ese discurso?
ANGÉLICA.— ¿Qué he de querer decir más de lo que he dicho?
BELISA.— ¡Eres de una estupidez insoportable!
ANGÉLICA.— Si lo que pretendéis es obligarme a que os conteste una insolencia, os advierto que no lo vais a lograr.
BELISA.— ¡Hay mayor impertinente!
ANGÉLICA.— Favor que me hacéis.
BELISA.— Tienes una presunción y un orgullo tan ridÃculos que da lástima.
ANGÉLICA.— Todo cuanto digáis será inútil, porque no he de abandonar mi discreción; y para que no os quede la esperanza de lograrlo, me voy.