El enfermo imaginario

El enfermo imaginario

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ARGAN (A Angélica, que va a salir).— Escúchame bien: o te casas con el señor dentro de cuatro días o entras en un convento. (A Belisa). No te sofoques, que ya le ajustaré las cuentas.

BELISA.— Siendo mucho dejarte, hijo mío, pero tengo que salir a un asunto que no admite excusa. Volveré corriendo.

ARGAN.— Anda, amor mío; y de camino pásate por casa del notario y dale prisa para que haga lo que ya sabes.

BELISA.— Adiós, queridito.

ARGAN.— Adiós, mi pequeña… He aquí una mujer que me adora hasta lo increíble.

DIAFOIRUS.— Con vuestro permiso nos retiramos.

ARGAN.— Antes os ruego que me digáis cómo estoy.

DIAFOIRUS (Tomándole el pulso).— Vamos, Tomás, tómale la otra mano y veamos si sabes hacer un diagnóstico por el pulso. ¿Quid dicis?

TOMÁS.— Dico que el pulso del señor es el pulso de un hombre que no está bueno.

DIAFOIRUS.— Así es.

TOMÁS.— Que está duriúsculo[12], por no decir duro.

DIAFOIRUS.— Muy bien.

TOMÁS.— Agitado.

DIAFOIRUS.— Bien.


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