El enfermo imaginario
El enfermo imaginario TOMÁS.— Un poco desigual.
DIAFOIRUS.— Óptimo.
TOMÁS.— Lo cual produce una intemperancia en el parénquima esplénico; es decir, en el bazo.
DIAFOIRUS.— Muy bien.
ARGAN.— No. Purgon dice que mi enfermedad está en el hígado.
DIAFOIRUS.— ¡Claro! Quien dice parénquima, lo mismo dice hígado que bazo, a causa de la estrecha simpatía que los une, ya por el vaso breve, por el píloro y, frecuentemente, por los conductos colidocos. Os habrá prescripto, sin duda, que comáis mucho asado.
ARGAN.— No; nada más que cocido.
DIAFOIRUS.— Sí…, asado y cocido vienen a ser lo mismo. Todas las prescripciones están muy atinadas. No podíais haber caído en mejores manos.
ARGAN.— Y decidme, señor: ¿cuántos gramos de sal deben echarse en un huevo?
DIAFOIRUS.— Seis, ocho, diez…; siempre números pares; al revés que en los medicamentos, que siempre son impares.
ARGAN.— Hasta la vista, señor.