El médico a palos
El médico a palos ANDREA.— ¡Qué presto se le olvidan a usted las cosas! Pues que, ¿no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora y ella le corresponde?
D. JERÓNIMO.— La fortuna del tal Leandro está en que no le conozco, porque desde que tenÃa ocho o diez años no le he vuelto a ver… Y ya se que anda por aquà acechando y rondándome la casa; pero como yo le llegue a pillar… Bien que lo mejor será escribir a su tÃo para que le recoja y se le lleve a Buitrago y allà se le tenga. ¡Leandro! ¡Buen matrimonio, por cierto! ¡Con un mancebito que acaba de salir de la universidad, muy atestada de vinios[8] la cabeza y sin un cuarto en el bolsillo!
ANDREA.— Su tÃo, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que quiere mucho a su sobrino y que no tiene otro heredero suplirá esa falta. Con el dote que usted dará a su hija y con lo que…
D. JERÓNIMO.— Vete al instante de aquÃ, lengua de demonio.
ANDREA.— Aparte: Allà le duele.
D. JERÓNIMO.— Vete.
ANDREA.— Ya me iré, señor.
D. JERÓNIMO.— Vete, que no te puedo sufrir.