El Misántropo
El Misántropo ¡Ah, traidora! ¿Lo puedo acaso? ¿Puedo triunfar asà de mi gran ternura? ¿Y aunque desee ardientemente odiaros, encuentro acaso a mi corazón pronto a obedecer? (A Elianta y Filinto.) Ya veis lo que puede una indigna ternura y os hago a ambos testigos de mi flaqueza. Pero, a decir verdad, esto no es todo aún y vais a verme llevarla hasta el extremo, demostrando que se nos llama sabios por error y que la debilidad humana existe en todos los corazones. (A Celimena.) SÃ, pérfida, consiento en olvidar vuestros desmanes; sabré expulsarlos a todos en mi alma, y para mà mismo los cubriré bajo el dictado de una debilidad a que fue inducida vuestra juventud por las viciosas costumbres de la época, con tal de que vuestro corazón consienta en secundarme en mi proyecto de huir de los hombres, y de que os resolváis sin demora a seguirme al desierto donde he hecho voto de vivir: sólo asà podéis reparar ante todos el crimen de vuestros escritos, y sólo asÃ, después de este escándalo aborrecible para un corazón noble, puede serme permitido amaros todavÃa.
CELIMENA
¿Yo, renunciar al mundo antes de envejecer, para ir a enterrarme en vuestro desierto?
ALCESTE
¿Y si es cierto que vuestro sentimiento responde a mi amor, qué puede importarnos todo el resto del mundo? ¿No están satisfechos conmigo vuestros deseos?