Tartufo
Tartufo VALERIO: Y ahora decid: ¿no tengo motivo de quejarme de vos? Y, si no hemos de mentir, ¿no es maligno complaceros en decirme una cosa aflictiva?
MARIANA: ¿Y no sois vos el hombre más ingrato, de todos?
DORINA: Dejad para otra ocasión este debate y pensemos en impedir ese desastroso matrimonio.
MARIANA: Dinos qué recursos podemos poner en obra.
DORINA: Deberemos proceder de todas las maneras. Vuestro padre se chancea, y todo eso son burlas; pero mejor es que vos deis a su extravagancia la apariencia de un dulce consentimiento, de manera que en caso necesario vuestro padre os será más propicio a dilatar los propuestos desposorios. Quien tiempo tiene, todo lo remedia. Ora fingiréis alguna oportunidad que exija retardos; ora tenéis malos augurios, como encontrar un muerto, romper un espejo o soñar con agua hirviendo. Y lo esencial de todo es que en ningún caso podrán enlazaros mientras no digáis «sí». Pero paréceme mejor para salir con bien que no os vean juntos a los dos. Salid, señor Valerio, y emplead a vuestros amigos para que se os cumpla la palabra dada. Debemos nosotras instigar los esfuerzos del hermano y poner de nuestra parte a la esposa del señor Orgon. Adiós.