Los ensayos

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En todo me abandonan. Todo en mí es burdo; carezco de elegancia y de belleza. No sé dar valor a las cosas por lo que más valen, mi forma no ayuda en nada a la materia. Por eso, la necesito fuerte, que tenga mucho cuerpo y que brille por sí misma. c | Cuando las elijo populares y más alegres, lo hago para seguirme a mí mismo, que no amo la sabiduría ceremoniosa y triste como la ama el mundo, y para alegrarme, no para alegrar mi estilo, que las prefiere graves y severas —si debo llamar estilo a un habla informe e irregular, a una jerigonza popular y a un procedimiento sin definición ni división ni inferencia, confuso, a la manera del que tuvieron Amafinio y Rabirio—.[27] a | No sé ni complacer, ni regocijar, ni halagar. El mejor relato del mundo se seca y apaga en mis manos. Sólo sé hablar en serio, y carezco por completo de la facilidad, que veo en muchos de mis compañeros, para conversar con los primeros que pasan y para mantener en vilo a todo un grupo, o para ocupar, sin cansarse, el oído de un príncipe con toda suerte de declaraciones, sin que les falte jamás materia, por tener la gracia de saber emplear la primera que se ofrece y de acomodarla al humor y la capacidad de aquellos con quienes tratan. b | A los príncipes no les gustan mucho los discursos firmes, ni a mí contar cuentos.[28] a | Las razones primeras y más sencillas, que son por lo común las más apreciadas, no sé emplearlas c | —mal predicador del pueblo—. De cualquier materia, suelo decir lo último que sé. Cicerón considera que en los tratados filosóficos la parte más difícil es el exordio.[29] Si es así, hago bien empezando por la conclusión.


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