Los ensayos

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c | Si alguien quiere sostener que es preferible que el príncipe dirija sus guerras por medio de otro antes que por sí mismo, la fortuna le ofrecerá suficientes ejemplos de aquellos a quienes sus lugartenientes les han llevado a cabo grandes empresas, y también de aquellos cuya presencia habría sido más perniciosa que útil. Pero ningún príncipe virtuoso y valiente podrá tolerar que le den tan infames instrucciones. Con el pretexto de conservar su cabeza, como si fuera la estatua de un santo, para la buena fortuna de su Estado, le degradan de su oficio, que consiste por entero en la actividad militar, y le declaran incapaz de ella.[3] Sé de uno que preferiría con mucho sufrir una derrota a dormir mientras luchan por él, y que jamás vio sin celos a su gente misma hacer algo grande en su ausencia.[4] Y Selim I decía con razón, a mi juicio, que las victorias que se ganan sin el señor no son completas.[5] Mucho más gustosamente habría dicho que ese señor debería ruborizarse de vergüenza por pretender un provecho para su nombre si no había empleado en ellas más que su voz y su pensamiento —ni eso mismo, dado que en tal tarea los consejos y las órdenes que conllevan honor son sólo los que se dan sobre el terreno y en plena acción—. Ningún piloto desempeña su oficio en tierra firme. Los príncipes de la estirpe otomana, la primera estirpe del mundo en fortuna guerrera, han abrazado calurosamente esta opinión. Y Bayazeto II y su hijo, que se apartaron de ella, para dedicarse a las ciencias y otras actividades domésticas, dieron también grandísimos bofetones a su imperio; y el que reina hoy en día, Amurat III, siguiendo su ejemplo, empieza a encontrarse también con lo mismo.[6] ¿No fue el rey de Inglaterra Eduardo III quien dijo de nuestro Carlos V esta frase: «Jamás hubo rey que se armase menos, y con todo jamás hubo rey que me diese tanto trabajo»?[7] Tenía razón al encontrarlo extraño, como un efecto de la suerte más que de la razón. Y que busquen otro adepto que yo quienes pretendan nombrar entre los conquistadores belicosos y magnánimos a los reyes de Castilla y de Portugal porque a mil doscientas leguas de su ociosa morada, gracias a la escolta de sus agentes comerciales, se hayan adueñado de las Indias de uno y otro lado.[8] A saber si tendrían siquiera el valor de ir a tomar posesión de ellas en persona.


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