Los ensayos
Los ensayos a | El emperador Juliano decía aún más: que el filósofo y el hombre distinguido no debían siquiera respirar —es decir, que no debían ceder a las necesidades corporales sino aquello que no se les puede rehusar—, manteniendo siempre el alma y el cuerpo ocupados en cosas bellas, grandes y virtuosas. Se avergonzaba si le veían escupir o sudar en público —se dice lo mismo de los jóvenes espartanos, y Jenofonte lo dice de los persas—,[9] porque consideraba que el ejercicio, el trabajo continuo y la sobriedad debían haber quemado y secado todas estas superfluidades.[10] Lo que cuenta Séneca, que los antiguos romanos mantenían a sus jóvenes rectos, no encajará mal aquí: «Nada enseñaban a sus hijos», dice, «que debieran aprender sentados».[11]