Los ensayos
Los ensayos c | Es un noble deseo querer morir incluso de manera útil y viril; pero el efecto no radica tanto en la buena resolución como en la buena fortuna. Mil que se han propuesto vencer o morir en la lucha han fracasado en lo uno y en lo otro; las heridas, las prisiones han estorbado su propósito, y les han brindado una vida forzada. Hay enfermedades que abaten incluso nuestros deseos y nuestro conocimiento. La fortuna no debÃa secundar la vanidad de las legiones romanas, que se obligaron por juramento a morir o a vencer: Victor, Marce Fabi, reuertar ex acie: Si fallo, Iouem patrem Gradiuumque Martem aliosque iratos inuoco Deos[12] [Que regrese victorioso del combate, Marco Fabio; si fracaso, invoco a Júpiter, a Marte Gradivo y a todos los demás dioses airados]. Los portugueses dicen que en cierto lugar de su conquista de las Indias encontraron soldados que se habÃan condenado con horribles execraciones a no aceptar otro acuerdo que hacerse matar o salir victoriosos. Y como signo de este voto llevaban la cabeza y la barba rasuradas.[13] Podemos exponernos y obstinarnos. Parece que los golpes evitan a quienes se les ofrecen con excesiva alegrÃa; y que no gustan de alcanzar a quien se les presenta demasiado gustosamente y corrompe su objetivo. Uno que no podÃa conseguir perder su vida por obra de las fuerzas adversarias, tras haberlo intentado todo, se vio obligado, para proveer a su decisión de volver con honor o no volver con vida, a darse muerte él mismo en pleno ardor de la lucha. Hay otros ejemplos, pero he aquà uno. Filisto, jefe de la marina de Dionisio el Joven contra los siracusanos, les presentó la batalla, que fue violentamente disputada dado que las fuerzas eran parejas. Llevó la mejor parte al inicio, gracias a su bravura. Pero, como los siracusanos se agruparon en torno a su galera para cercarla, tras realizar grandes gestas personales, para desplegarse, puesto que no esperaba ya remedio, se quitó con sus propias manos la vida que tan generosa e inútilmente habÃa abandonado en manos enemigas.[14] Moley Moluc, rey de Fez, que acaba de ganar contra el rey Sebastián de Portugal una batalla famosa por la muerte de tres reyes y por la transmisión de esta gran corona a la de Castilla,[15] se encontró gravemente enfermo desde el momento en que los portugueses penetraron con las armas en su Estado, y después siguió empeorando hacia la muerte, y previéndola. Jamás nadie se sirvió de sà mismo con más vigor y bravura. Se vio débil para soportar la pompa ceremonial de la entrada de su ejército, que es a su manera, llena de magnificencia y cargada de abundante acción, y cedió este honor a su hermano. Pero éste fue también el único oficio de capitán al que renunció; todos los demás, necesarios y útiles, los cumplió con gran gloria y rigor. TenÃa el cuerpo tumbado, pero el entendimiento y el ánimo en pie y firmes, hasta el último suspiro y de algún modo más allá. PodÃa minar a sus enemigos, imprudentemente adentrados en sus tierras, y le afligió de manera extraordinaria que, a falta de un poco de vida, y por no tener quien le sustituyera en la dirección de la guerra y en los quehaceres de un Estado revuelto, tuviese que buscar una victoria sangrante y arriesgada, cuando tenÃa otra pura[16] y limpia en las manos. Sin embargo, administró milagrosamente la duración de su enfermedad para consumir a su enemigo y para atraerlo lejos de la marina y de las plazas marÃtimas que poseÃa en la costa africana, hasta el último dÃa de su vida, que empleó y reservó a propósito para esta gran batalla. Dispuso su ejército en cÃrculo, cercando por todas partes las huestes de los portugueses. Al cerrarse y estrecharse el cÃrculo, no sólo les estorbó en la lucha —que fue muy violenta por el valor del joven rey atacante—, dado que tenÃan que hacer frente en todas direcciones, sino también les impidió huir tras la derrota. Y, al encontrar todas las salidas tomadas y cerradas, se vieron obligados a replegarse sobre sà mismos —coaceruanturque non solum caede, sed etiam fuga[17] [y se apiñan no sólo por la matanza, sino también por la huida]— y a amontonarse los unos sobre los otros, de suerte que facilitaron a los vencedores una victoria muy mortÃfera y muy completa. Se hizo llevar y cargar moribundo allà donde la necesidad lo reclamaba, y, deslizándose a lo largo de las filas, exhortaba a sus capitanes y soldados unos tras otros. Pero como una esquina de su ejército se dejó arrollar, no pudieron impedir que montara a caballo con la espada empuñada. Se esforzaba por acudir a la pelea, y su gente lo detenÃa, el uno por la brida, el otro por la ropa y por los estribos. Tal esfuerzo acabó de agotar la poca vida que le restaba. Lo volvieron a acostar. Resucitando como sobresaltado de este desmayo, al fallarle todas las demás facultades, para advertir que callaran su muerte —lo cual era la orden más necesaria que podÃa entonces dar, a fin de no generar alguna desesperación a los suyos con la noticia—, expiró con el dedo puesto sobre la boca cerrada, signo habitual para mandar silencio. ¿Quién vivió nunca tanto tiempo, y tan adentro, en la muerte? ¿Quién murió nunca tan de pie?[18]