Los ensayos

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a | No hay pasión que trastorne tanto la rectitud de los juicios como la ira. Nadie dudaría en castigar con la muerte al juez que condenase a un criminal movido por la ira. ¿Por qué, en cambio, se permite a padres y maestros azotar a los niños y castigarlos cuando están encolerizados? Esto no es ya corrección, es venganza. El castigo hace las veces de medicina para los niños. ¿Y toleraríamos a un médico lleno de ojeriza y de irritación contra su paciente?

Nosotros mismos, para actuar bien, no deberíamos poner nunca la mano sobre nuestros sirvientes mientras la ira nos dure. Mientras el pulso nos golpee y nos embargue la emoción, aplacemos la partida; las cosas nos parecerán a buen seguro diferentes cuando nos hayamos calmado y enfriado. En ese momento manda la pasión, habla la pasión, no nosotros.[6] b | A través suyo, las faltas nos parecen mayores, como los cuerpos a través de la niebla.[7] Quien tiene hambre, emplea un alimento; pero, si alguien quiere emplear un castigo, no debe tener hambre ni sed de él.[8]





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