Los ensayos

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a | Los escritos de Plutarco, si los saboreamos bien, nos lo descubren de sobra, y yo creo conocerle hasta lo más íntimo. Con todo, me gustaría que dispusiéramos de algunas memorias de su vida. Y me he lanzado a este discurso aparte a propósito de lo agradecido que le estoy a Aulo Gelio por habernos dejado por escrito un relato de sus costumbres que conviene a mi asunto de la ira.[20] Plutarco ordenó quitarse la ropa, por alguna falta, a un esclavo suyo, hombre malvado y vicioso pero con los oídos un poco impregnados de enseñanzas filosóficas. Mientras era azotado, murmuraba, al principio, que era injusto y que no había hecho nada; pero, al final, se puso a gritar y a injuriar gravemente a su amo, y le reprochó que no era filósofo como se jactaba, que con frecuencia le había oído decir que era feo enojarse, que incluso había compuesto un libro sobre el tema, y que si ahora, embargado de ira, le mandaba golpear con tanta crueldad, ello desmentía por entero sus escritos. Plutarco replicó fría y serenamente: «Pero, ¡patán!, ¿por qué piensas que ahora estoy enojado? ¿Acaso mi cara, mi voz, mi color, mi palabra te prueban de alguna manera que estoy alterado? No creo tener ni la mirada feroz, ni el rostro turbado, ni dar voces terribles. ¿Acaso enrojezco, echo espumarajos, se me escapa alguna palabra de la que deba arrepentirme?, ¿acaso me sobresalto, tiemblo de ira? Porque, si he de decírtelo, éstos son los verdaderos signos de la ira». Y, entonces, dirigiéndose al que daba los azotes, dijo: «Continúa con la tarea mientras éste y yo discutimos». He aquí su relato.


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