Los ensayos
Los ensayos b | Quienes tengan tratos con mujeres testarudas pueden haber experimentado a qué cólera se las precipita cuando se opone a su agitación silencio y frialdad, y cuando se desdeña alimentar su enojo. El orador Celio tenía un natural extraordinariamente iracundo. A uno que cenaba en su compañía, hombre de trato blando y suave, y que, para no alterarlo, optaba por aprobar y admitir todo lo que decía, como su mal humor no podía soportar prescindir así de alimento, le dijo: «¡Niégame algo, por los dioses, para que seamos dos!».[25] Ellas, de la misma manera, no se enojan sino para que uno se enoje a su vez, a imitación de las leyes del amor. Foción, ante un hombre que interrumpió sus palabras injuriándole violentamente, no hizo otra cosa que callarse, y dejarle todo el tiempo para agotar su ira. Hecho esto, sin mención alguna de tal trastorno, reanudó su discurso allí donde lo había dejado.[26] No hay réplica tan hiriente como un desprecio así.
Del hombre más iracundo de Francia —y eso es siempre una imperfección, pero más excusable en un militar, pues en tal ejercicio hay a buen seguro cualidades que no pueden prescindir de ella—, digo a menudo que es el hombre más paciente que conozco para contener su ira. Le agita con tal violencia y furor,
magno ueluti cum flamma sonore
uirgea suggeritur costis undantis aheni,
exultantque aestu latices; furit intus aquai