Los ensayos
Los ensayos Vayamos a Plutarco. Jean Bodin es un buen autor de nuestro tiempo, y le asiste mucho más juicio que a la caterva de escritorzuelos de su siglo, y merece que se le juzgue y considere. Me parece un poco atrevido en el pasaje de su Método de la historia en el que acusa a Plutarco no ya de ignorancia —en esto le habría dejado decir, porque no es mi terreno—, sino también de escribir a menudo «cosas increíbles y enteramente fabulosas» —éstas son sus palabras—.[8] Si se hubiera limitado a decir: «las cosas distintas de como son», no sería una gran crítica, pues aquello que no hemos visto, lo cogemos de manos de otros y por creencia, y veo que a veces refiere expresamente la misma historia de varias maneras. Por ejemplo, el juicio sobre los tres mejores capitanes que jamás habían existido, hecho por Aníbal, es distinto en la vida de Flaminino que en la de Pirro.[9] Pero acusarlo de haber aceptado como dinero contante y sonante cosas increíbles e imposibles, es acusar de falta de juicio al autor más juicioso del mundo. Y veamos su ejemplo: como, dice, cuando refiere que un niño lacedemonio dejó que un zorrillo que había robado y llevaba escondido bajo el vestido le desgarrara todo el vientre, hasta morir, antes que descubrir el robo.[10] Me parece, en primer lugar, un ejemplo mal elegido, porque es muy difícil establecer el límite de las fuerzas de las facultades del alma, mientras que tenemos más posibilidades de definir y conocer las fuerzas corporales. Y, por tal motivo, de haber estado en su lugar, yo habría preferido elegir un ejemplo de la segunda clase; y hay algunos menos creíbles, como, entre otros, lo que cuenta de Pirro: que, pese a sus muchas heridas, asestó tal espadazo a un enemigo armado de arriba abajo que lo partió desde lo alto de la cabeza hasta los pies, de manera que su cuerpo se dividió en dos mitades.[11] En su ejemplo no veo un gran milagro, ni tampoco admito la excusa con la cual defiende a Plutarco, esto es, que añadió la frase «según se dice» para advertirnos, y para contener nuestra creencia.[12] Porque, salvo en cosas aceptadas por autoridad y reverencia de antigüedad o de religión, no habría querido ni aprobar él mismo, ni proponer a nuestra creencia, cosas de suyo increíbles; y que la frase «según se dice» no la emplea aquí a tal efecto se ve fácilmente, pues él mismo nos refiere en otro lugar, a propósito de la resistencia de los niños lacedemonios, ejemplos ocurridos en sus tiempos más difíciles de creer. Como el que Cicerón atestiguó también antes que él, por haber estado, según dice, allí en persona: que incluso en su época había niños que, en una prueba de resistencia a la cual se les sometía ante el altar de Diana, soportaban ser azotados hasta que la sangre les manaba por todas partes, no ya sin gritar, sino incluso sin gemir, y algunos hasta perder voluntariamente la vida.[13] Y lo que Plutarco también cuenta, con cien testigos más: que, en un sacrificio, un ascua se deslizó dentro de la manga de un niño lacedemonio, mientras manejaba el incensario, y que éste se dejó quemar todo el brazo hasta que el olor de carne asada alcanzó a los asistentes.[14] Con arreglo a su costumbre, en nada se jugaban más la reputación, ni se exponían a soportar mayor censura y vergüenza, que en ser sorprendidos robando.[15] Estoy tan imbuido de la grandeza de aquellos hombres que no sólo no me parece, como a Bodin, que su relato sea increíble; ni siquiera lo encuentro singular ni extraño. c | La historia espartana está llena de mil ejemplos más violentos y más singulares. Desde este punto de vista, toda ella es milagro.