Los ensayos
Los ensayos c | Acordándome a este propósito de Mahomet, el que subyugó Constantinopla, y ocasionó el exterminio final del nombre griego, no sabría decir de nadie en quien estas dos pasiones se hallen equilibradas con mayor igualdad: tan infatigable rufián como soldado. Pero, cuando en su vida compiten entre sí, el ardor belicoso prevalece siempre sobre el ardor lascivo. Y éste, aunque fuera lejos de su período natural, no recuperó plenamente la autoridad suprema sino cuando se encontró, en su extrema vejez, incapaz de seguir sosteniendo la carga de las guerras.[10] Lo que se cuenta, como ejemplo contrario, de Ladislao, rey de Nápoles, es digno de nota. Buen capitán, valiente y ambicioso, se proponía como principal objeto de su ambición la ejecución de su placer y el goce de alguna singular belleza. Su muerte fue del mismo estilo. Había sometido, con un asedio muy perseverante, la ciudad de Florencia a tal angustia que los habitantes estaban ávidos por acordar su victoria. Se la cedió con la condición de que le entregaran una muchacha de su ciudad de la que había oído hablar, de sobresaliente belleza. Fue forzoso acordársela, y evitar la ruina pública por medio de una injusticia privada. Era hija de un médico famoso en su tiempo, el cual, al verse involucrado en una necesidad tan infame, se resolvió a una eminente empresa. Como todo el mundo engalanaba a su hija y la revestía de ornamentos y joyas que la pudiesen hacer agradable al nuevo amante, él también le dio un pañuelo exquisito, por el perfume y por la labor, del que se había de servir en las primeras aproximaciones, utensilio que ellas apenas olvidan en esos momentos. Cuando el pañuelo, envenenado de acuerdo con la capacidad de su arte, entró en contacto con aquellas carnes alteradas y aquellos poros abiertos, introdujo su ponzoña con tanta rapidez que, cambiando de repente el sudor cálido en frío, expiraron el uno en los brazos del otro.[11] Vuelvo a César.