Los ensayos

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a | ¿A cuántos de ellos vemos que tienen mi inclinación, que desdeñan servirse de la medicina y adoptan una forma de vida libre y enteramente contraria a aquella que prescriben para los demás? ¿Qué es esto sino abusar abiertamente de nuestra simplicidad? Porque no aprecian su vida y su salud menos que nosotros, y acomodarían sus actos a su doctrina si no conociesen ellos mismos la falsedad de ésta. Lo que nos ciega así es el miedo a la muerte y al dolor, la incapacidad de soportar la enfermedad, una furiosa e insensata sed de curación. Lo que hace nuestra creencia tan dócil y manejable es la pura cobardía. c | La mayoría, sin embargo, más que creer, resisten y dejan hacer. Porque les oigo quejarse y hablar de ella como nosotros. Pero al final se resuelven: «¿Qué voy a hacer entonces?». Como si la impaciencia fuera de suyo mejor remedio que la paciencia. a | ¿Hay alguno, entre quienes se han entregado a esta miserable sujeción, que no se rinda por igual a toda suerte de imposturas, que no se ponga a la merced de cualquiera que tenga la impudicia de prometerle la curación? c | Los babilonios sacaban los enfermos a la plaza. El médico era el pueblo; todos los transeúntes estaban obligados, en efecto, a preguntarles, por humanidad y cortesía, cómo se encontraban, y a darles, según su experiencia, algún consejo saludable.[94] Nosotros no actuamos de manera muy distinta. a | No hay simple mujerzuela cuyos balbuceos y amuletos no empleemos;[95] y, según mi inclinación, si tuviese que aceptar alguna, aceptaría de más buena gana esta medicina a cualquier otra, porque al menos en ella no hay daño alguno que temer. c | Lo que Homero y Platón decían de los egipcios, que todos eran médicos,[96] debe decirse de todos los pueblos. No hay nadie que no se ufane de alguna receta, y que no la ensaye en su vecino, si quiere creerle. a | El otro día me hallaba en una reunión en la cual no sé quién de mi cofradía[97] trajo la noticia de una clase de píldoras compuestas de cien y pico ingredientes bien contados; se suscitó singular fiesta y consuelo. En efecto, ¿qué roca resistiría la fuerza de tan numerosa batería? Me entero, sin embargo, por quienes la probaron, de que ni la menor arenilla se dignó moverse.


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