Los ensayos

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No puedo desprenderme de este papel sin añadir una palabra sobre el hecho de que nos ofrezcan como garantía de la certeza de sus drogas la experiencia que han llevado a cabo. La mayor parte, y, creo yo, más de dos tercios de las virtudes medicinales, residen en la quintaesencia o propiedad oculta de los simples, de la cual no podemos tener otra instrucción que el uso. Porque la quintaesencia no es sino una cualidad cuya causa no somos capaces de descubrir por medio de nuestra razón. En tales pruebas, aquellas que dicen haber adquirido por la inspiración de algún demonio las admito gustosamente —pues, en cuanto a los milagros, nunca me ocupo de ellos—; o también aquellas pruebas que se extraen de las cosas que, por otra consideración, caen con frecuencia en nuestro uso, como cuando en la lana con la cual acostumbramos a vestirnos, se encontró por accidente cierta oculta propiedad desecativa que cura los sabañones del talón, y cuando en el rábano blanco, que tomamos como alimento, se descubrió cierto efecto aperitivo. Cuenta Galeno que un leproso se curó gracias al vino que bebió, porque una víbora se había introducido por azar en el recipiente.[98] En este ejemplo encontramos el medio y lo que verosímilmente ha conducido a esta experiencia, como también en aquéllas a las cuales los médicos dicen haber sido llevados por el ejemplo de ciertos animales. Pero en la mayoría de las restantes experiencias a las que, según dicen, les ha conducido la fortuna, sin otra guía que el azar, el curso de la indagación me parece increíble. Imagino al hombre mirando a su alrededor el número infinito de las cosas, plantas, animales, metales. No sé por dónde hacerle empezar su prueba; y aunque su primera fantasía se precipite al cuerno de un alce, lo cual exige tener una creencia muy blanda y dócil, sigue encontrándose con los mismos impedimentos en su segunda operación. Se le presentan tantas enfermedades y tantas circunstancias que, antes de que llegue a la certeza sobre el punto donde debe alcanzar la perfección de su experiencia, el juicio humano no entiende nada; y antes de que descubra, entre tal infinidad de cosas, qué es este cuerno; entre las infinitas enfermedades, qué es la epilepsia; entre tantos temperamentos, qué es para el melancólico; entre tantas estaciones, en invierno; entre tantas naciones, para el francés; entre tantas edades, en la vejez; entre tantas mutaciones celestes, en la conjunción de Venus y Saturno; entre tantas partes del cuerpo, para el dedo. Si a todo esto no le guía ni un argumento, ni una conjetura, ni un ejemplo, ni la inspiración divina, sino sólo el movimiento de la fortuna, debería tratarse de una fortuna perfectamente regular, ordenada y metódica. Y luego, una vez efectuada la curación, ¿cómo estar seguro de que no se debe a que la enfermedad ha cumplido su período, o a un efecto del azar, o a la acción de cualquier otra cosa que haya comido o bebido o tocado ese día, o al mérito de las oraciones de su abuela? Además, aun cuando la prueba hubiera sido perfecta, ¿cuántas veces se ha repetido, y cuántas veces se ha vuelto a hilvanar esta larga serie de azares y coincidencias para inferir una regla? b | Si se infiere, ¿por quién? Entre tantos millones de hombres no hay más de tres que se dediquen a registrar sus experiencias. ¿Habrá la suerte encontrado precisamente a uno de éstos? ¿Qué decir si otro y si cien más han llevado a término experiencias contrarias? Quizá veríamos alguna luz si todos los juicios y razonamientos de los hombres nos fueran conocidos. Pero que tres testigos y tres doctores instruyan al género humano, no es razonable. Sería preciso que la naturaleza humana los hubiese diputado y elegido, y que se les declarara nuestros representantes c | por expresa procuración.


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