Los ensayos
Los ensayos c | Difícilmente puedo echar la culpa de mis faltas o infortunios a otro que a mí mismo. Porque, en efecto, pocas veces me sirvo de los consejos ajenos, si no es por honor ceremonial, salvo que tenga necesidad de ser instruido sobre una ciencia, o de conocer un hecho. Pero, en aquellas cosas en las cuales me basta con emplear el juicio, las razones ajenas pueden servirme de apoyo, pero poco para desviarme. Las escucho todas con favor y decoro. Pero, que yo recuerde, hasta ahora no he creído sino las mías. Para mí, no son más que moscas y átomos que acarician mi voluntad. Aprecio poco mis opiniones, pero no aprecio más las ajenas. La fortuna me paga dignamente. Si no recibo consejo, tampoco lo doy. Me piden pocos;[44] y me creen todavía menos. Y no sé de ninguna tentativa, ni pública ni privada, que mi consejo haya corregido o resuelto. Incluso aquellos a quienes en alguna medida la fortuna había sometido a él, han preferido dejarse manejar por cualquier otro cerebro. Como hombre con mucho más celo por los derechos de mi sosiego que por los derechos de mi autoridad, me gusta más así. Dándome de lado, actúan con arreglo a lo que yo profeso, que es establecerme y contenerme por entero en mí mismo. Me complace no tener interés por los asuntos ajenos, y estar libre de su cuidado. b | En todos los asuntos, una vez que han pasado, de una manera u otra, apenas me lamento. En efecto, me tranquiliza imaginar que habían de pasar así. Ahí están, dentro del gran curso del universo y de la cadena de las causas estoicas. Tu fantasía no puede mover un punto, ni con el deseo ni con la imaginación, sin que el entero orden de las cosas se venga abajo, tanto el pasado como el futuro.[45]