Los ensayos

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Y todo este capricho me ha llegado ahora a las manos por el relato que me hacía un boticario amigo de mi difunto padre, hombre simple y suizo —de una nación poco vana y poco mentirosa—. Según contaba, había conocido durante mucho tiempo a un mercader de Toulouse, enfermizo y aquejado por el mal de piedra, que a menudo tenía necesidad de lavativas y se las hacía prescribir por los médicos de manera diferente según las circunstancias de la enfermedad. Cuando se las proporcionaban, nada omitía de las formas habituales; con frecuencia comprobaba si estaban demasiado calientes. Ahí lo tenéis, acostado, de espaldas y con todos los preparativos hechos, salvo que no se efectuaba inyección alguna. Una vez el boticario retirado tras la ceremonia, el paciente se acomodaba a sus anchas, como si hubiera tomado verdaderamente la lavativa, y sentía el mismo efecto que quienes las toman. Y, si al médico no le parecía suficiente el efecto, le volvía a dar dos o tres más, de la misma manera. Mi testigo jura que, para ahorrar gasto —pues las pagaba como si las recibiera—, la esposa del enfermo alguna vez había intentado hacer que pusieran sólo agua tibia, pero el efecto descubrió el engaño; y, por encontrarlas inútiles, hubo que volver a la primera forma.




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