Los ensayos

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Ahora bien, siguiendo con mi asunto, este temperamento difícil me vuelve exigente en el trato con los hombres —me es preciso elegirlos con sumo cuidado—, y me vuelve inepto para las acciones comunes. Vivimos y tratamos con el pueblo; si la familiaridad con él nos importuna, si desdeñamos aplicarnos a las almas bajas y vulgares —y las bajas y vulgares son a menudo tan rectas como las más sutiles, c | y toda sabiduría que no se acomode a la común insipiencia es insípida—, b | hemos de dejar de intervenir en nuestros propios asuntos y en los de los demás; tanto los públicos como los privados se disputan con este tipo de gente. Las disposiciones menos rígidas y más naturales del alma son las más hermosas; las mejores ocupaciones, las menos esforzadas. ¡Dios mío, qué buen servicio rinde la sabiduría a aquellos cuyos deseos somete a su capacidad! No hay ciencia más útil. «Según se pueda» era el estribillo y la frase favorita de Sócrates, frase de gran sustancia.[10] Debemos dirigir nuestros deseos a las cosas más fáciles y cercanas, y detenerlos en ellas. ¿No es una necia inclinación no avenirme con un millar a quienes me une mi fortuna, de los cuales no puedo prescindir, para atenerme a uno o dos con quienes no puedo tener trato, o más bien a un deseo fantástico de algo que no puedo conseguir?[11] Mis costumbres afables, hostiles a toda acritud y dureza, pueden haberme librado fácilmente de odios y enemistades. Jamás nadie dio más motivo no digo para que me amen, sino para que no me odien. Pero la frialdad de mi trato me ha privado, con razón, de la benevolencia de muchos, que tienen excusa si la interpretan en un sentido diferente y peor.


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