Los ensayos

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CAPÍTULO IV

LA DIVERSIÓN

En cierta ocasión me emplearon en consolar a una dama verdaderamente afligida —la mayoría de sus duelos son artificiales y ceremoniosos—:[1]

Vberibus semper lacrymis, semperque paratis,

in statione sua, atque expectantibus illam,

quo iubeat manare modo.[2]

[Con lágrimas siempre abundantes y siempre preparadas, en su puesto de guardia, y a la espera de que les ordene el modo en que han de derramarse].

Procedemos mal cuando nos oponemos a esta pasión, porque la oposición las provoca y las empuja a una mayor tristeza. Exasperamos el mal con la rivalidad del debate. Vemos en las conversaciones comunes que aquello que habría dicho sin prestar atención, si me lo discuten, me lo tomo en serio, lo abrazo —mucho más que si me interesara—. Y además, al hacer esto, te presentas a tu actuación con una entrada brusca. Sin embargo, los primeros tratos del médico con el paciente deben ser graciosos, alegres y agradables. Jamás un médico feo y ceñudo tuvo éxito. Por el contrario, pues, debe secundarse y favorecerse al principio su queja, y manifestar cierta aprobación y excusa. Mediante este acuerdo, ganas crédito para ir más allá, y, con una fácil e insensible inclinación, te deslizas a los razonamientos más firmes y apropiados para su curación.


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