Los ensayos
Los ensayos Yo, que deseaba ante todo burlar a los presentes que me estaban observando, pensé en enmascarar el mal. Además, he encontrado por experiencia que tengo mala mano, e infructuosa, para persuadir. Presento mis razones o demasiado aceradas y secas, o con excesiva brusquedad, o con excesiva despreocupación. Tras aplicarme un rato a su tormento, no intenté curarla por medio de razones fuertes y vivas, porque carezco de ellas, o porque pensaba lograr mejor mi propósito de otro modo; c | ni me dediqué a elegir los varios tipos de consuelo que prescribe la filosofía: que aquello que se lamenta no es ningún mal, como Cleantes; que es un mal leve, como los peripatéticos; que lamentarse no es una acción justa ni loable, como Crisipo; ni el de Epicuro, más próximo a mi estilo: que debe transferirse el pensamiento de las cosas molestas a las placenteras; ni a atacar con todo este amasijo, dispensándolo según la oportunidad, como Cicerón.[3] b | Al contrario, decantando con mucha suavidad nuestra conversación, y desviándola poco a poco hacia los objetos más cercanos, y después hacia aquellos un poco más alejados, a medida que se abandonaba más a mí, le arrebaté imperceptiblemente el pensamiento doloroso, y la mantuve en una buena disposición, y del todo sosegada, mientras estuve con ella. Me valí de la diversión. Quienes me siguieron en este mismo servicio no encontraron mejora alguna en ella; en efecto, no había llevado el hacha hasta las raíces.