Los ensayos
Los ensayos Mi juicio me impide forcejear y refunfuñar contra las molestias que la naturaleza me ordena sufrir, pero no sentirlas. Correría de un extremo al otro del mundo para buscar un buen año de tranquilidad grata y alegre, yo que no tengo otro objetivo que vivir y regocijarme. La tranquilidad oscura e insensible no me falta, pero me adormece y aturde. No me basta. Si hay alguna persona, alguna buena compañía, en el campo, en la ciudad, en Francia o en otro sitio, residente o de paso, a quien mis inclinaciones le parezcan bien, cuyas inclinaciones me parezcan bien, no tiene más que dar un buen silbido: iré a proveerles de ensayos en carne y hueso.
Puesto que el espíritu tiene el privilegio de escapar de la vejez, le aconsejo con todas mis fuerzas que lo haga: que rejuvenezca, que florezca un tiempo, si puede, como el muérdago en el árbol seco. Me temo que es un traidor. Está tan íntimamente hermanado con el cuerpo, que me abandona a cada instante para seguirlo en su necesidad. Yo le dedico halagos especiales, miro de ganármelo, en vano. Por más que intento apartarlo de esta asociación, y presentarle a Séneca y a Catulo, y a las damas y las danzas reales, si su camarada sufre un cólico, parece que también él lo sufre.[16] En tales momentos, ni siquiera se le pueden despertar aquellas facultades[17] que le son particulares y propias: huelen evidentemente a entumecido. No hay vivacidad en sus manifestaciones si no la hay al mismo tiempo en el cuerpo.