Los ensayos

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b | En suma, las seducimos y atraemos por todos los medios; encendemos e incitamos su imaginación sin tregua, y después gritamos ¡barriga, barriga! Confesemos la verdad: apenas hay nadie entre nosotros que no tema más la vergüenza que le afecta por los vicios de su mujer que aquella que le afecta por los suyos; que no se preocupe más —extraordinaria caridad— por la conciencia de su buena esposa que por la suya propia; que no prefiriera ser ladrón y sacrílego, y que su mujer fuese asesina y hereje, a que ella no sea más casta que su marido. c | ¡Inicua evaluación de los vicios! Tanto nosotros como ellas somos capaces de mil corrupciones más perniciosas y desnaturalizadas que la lascivia. Pero hacemos y valoramos los vicios no según su naturaleza sino según nuestro interés; y por eso adoptan tantas formas desiguales. La violencia de nuestros decretos vuelve la aplicación de las mujeres a este vicio más violenta y viciosa de lo que comporta su condición; y la arrastra a consecuencias peores que su causa.

Ellas aceptarían de buena gana acudir a la corte de justicia en busca de una ganancia, y a la guerra en busca de reputación, antes que tener que hacer, en plena ociosidad y entre delicias, una guardia tan difícil. ¿Acaso no ven que no hay mercader, ni procurador, ni soldado que no abandone su tarea para correr a esta otra, ni tampoco mozo de cuerda, ni zapatero, por más agobiados y exhaustos que estén por el trabajo y el hambre?


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