Los ensayos

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Y, nosotros mismos, apenas ganamos con ello. Pues, tal y como está repartido el mundo, por cada tres hermosas, hemos de besar a cincuenta feas; y para un corazón delicado, como lo son los de mi edad, un mal beso es un precio excesivo por uno bueno.

En Italia se hacen los perseguidores, y los transidos, incluso de aquellas que están en venta; y se defienden diciendo que hay grados en el placer, y que, al comprar sus servicios, quieren obtener el más completo.[238] Ellas no venden más que el cuerpo; la voluntad no puede ponerse en venta, es demasiado libre y demasiado propia. Por tanto, dicen que pretenden la voluntad, y llevan razón. Es la voluntad lo que debe servirse y seducirse. Me horroriza imaginar que es mío un cuerpo privado de afecto. Y me parece que tal locura se acerca a la de aquel muchacho que fue a acoplarse,[239] por amor, con la hermosa estatua de Venus que había forjado Praxíteles;[240] o a la de aquel furioso egipcio enardecido por el cadáver de una dama a la que estaba embalsamando y envolviendo en un sudario. Lo cual dio pie a la ley, que se promulgó después en Egipto, de que los cadáveres de las mujeres bellas y jóvenes, y de buena familia, se guardaran durante tres días, antes de entregarlos a los encargados de darles sepultura.[241] Periandro hizo algo más extraordinario:[242] extendió el afecto conyugal —más ordenado y legítimo— al goce de su esposa Melisa una vez fallecida.[243]


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