Los ensayos

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b | Somos, casi siempre, jueces inicuos de sus acciones, igual que ellas lo son de las nuestras. Yo confieso la verdad cuando me perjudica, lo mismo que si me favorece. Es un vil desorden lo que las impulsa con tanta frecuencia al cambio y les impide fijar su afecto en objeto alguno, como se ve en el caso de esta diosa, a la que se atribuyen tantos cambios y amigos.[261] Pero, con todo, es cierto que va contra la naturaleza del amor si no es violento, y contra la naturaleza de la violencia si es constante. Y quienes se asombran, se indignan y buscan las causas de tal enfermedad en ellas, como si fuera algo desnaturalizado e increíble, ¿no ven acaso con qué frecuencia les aqueja a ellos sin horror ni milagro? Sería quizá más extraño que fuera firme. No es una pasión simplemente corporal. Si no se encuentra límite en la avaricia ni en la ambición, tampoco lo hay en la lujuria. Tras la saciedad, continúa viva; y no se le puede prescribir ni satisfacción constante ni fin; va siempre más allá de su posesión. Y, sin embargo, quizá la inconstancia es en cierta medida más excusable en ellas que en nosotros.






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