Los ensayos
Los ensayos Cada una de mis partes es tan mÃa como cualquier otra.[272] Y ninguna me hace más propiamente hombre que ésta. Debo al público mi retrato completo. La sabidurÃa de mi lección reside toda en la verdad, en la libertad, en la realidad —desdeña, en la lista de sus verdaderos deberes, estas pequeñas reglas, ficticias, convencionales, provincianas—; enteramente natural, constante, general. Sus hijas, pero bastardas, son la cortesÃa, la ceremonia. Nos ocuparemos de los vicios aparentes cuando nos hayamos ocupado de los sustanciales. Cuando hayamos terminado con éstos, la emprenderemos con los otros, si nos parece que debemos hacerlo. Porque se corre el peligro de imaginar nuevas obligaciones para excusar nuestra negligencia con respecto a las obligaciones naturales, y para confundirlas. Como prueba de que es asÃ, vemos que, en los lugares donde las faltas son crÃmenes, los crÃmenes no son más que faltas; que, en las naciones donde las leyes del decoro son más raras y blandas, las leyes primitivas de la razón común[273] se observan mejor. En efecto, la innumerable muchedumbre de tantos deberes anega nuestro afán, lo debilita y disuelve. La aplicación a las cosas menudas nos aparta de las justas.[274] ¡Oh, qué senda más fácil y aplaudida siguen esos hombres superficiales en comparación con la nuestra! Son sombras, con las cuales nos revestimos y nos damos satisfacción unos a otros. Pero no damos satisfacción, más bien agravamos nuestra deuda, ante el gran juez que nos levanta los vestidos y harapos que envuelven nuestras partes pudendas, y que no duda en mirarnos por todas partes, hasta nuestras inmundicias más Ãntimas y más secretas.[275] La decencia de nuestro pudor virginal serÃa útil si pudiera prohibirle tal descubrimiento. En suma, el que despertara al hombre de tan escrupulosa superstición verbal, no le ocasionarÃa una gran pérdida al mundo.