Los ensayos

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[¡cuántas veces hemos visto cómo la arena descendía en parte, y surgían fieras de la hendidura abierta en el suelo, y a menudo de estas mismas cavidades se elevaban árboles áureos con la corteza de color azafrán! No sólo hemos apreciado monstruos silvestres: yo he contemplado bueyes marinos en medio de combates de osos, y esos animales que merecen el nombre de caballos aunque deformes].

A veces hicieron aparecer una alta montaña llena de frutales y de árboles verdeantes, que vertía por su cumbre un arroyo de agua, como si manara de la boca de una fuente viva. A veces pasearon un gran navío que se abría y se separaba de sí mismo, y, tras haber vomitado de su vientre cuatrocientos o quinientos animales para el combate, se volvía a comprimir y se desvanecía, sin ayuda. En otras ocasiones, hacían manar del fondo de la plaza fuentes y chorros de agua que brotaban hacia arriba y, a una altura infinita, rociaban y perfumaban a la infinita multitud. Para protegerse de las inclemencias del tiempo, a veces hacían tender sobre ese inmenso volumen velas de púrpura trabajadas con la aguja, a veces seda de uno u otro color, y las extendían y retiraban en un momento, como se les antojaba:

Quamuis non modico caleant spectacula sole,

uela reducuntur, cum uenit Hermogenes.[38]

[Aunque las gradas ardan bajo un sol inmoderado,

cuando llega Hermógenes se retiran las velas].


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