Los ensayos
Los ensayos Entablo discusión y disputa con gran libertad y facilidad, pues la opinión encuentra en mà un terreno poco propicio para penetrar y para echar raÃces profundas. Ninguna proposición me asombra, ninguna creencia me ofende, por más opuesta que sea a la mÃa. No existe fantasÃa tan frÃvola y tan extravagante que no me parezca muy acorde a la producción del espÃritu humano. Nosotros, que privamos a nuestro juicio del derecho a pronunciar sentencias, miramos mansamente las opiniones distintas; y, si no les cedemos el juicio, les cedemos sin dificultad alguna el oÃdo. Cuando un plato de la balanza está completamente vacÃo, dejo oscilar el otro con el peso de los sueños de una vieja. Y me parece que merezco excusa si acepto más bien el número impar, el jueves en lugar del viernes; si prefiero ser el duodécimo o el decimocuarto en la mesa a ser el decimotercero; si, cuando viajo, me gusta más ver una liebre bordeando el camino que cruzándolo, y si doy antes el pie izquierdo que el derecho para que me lo calcen. Todos estos desvarÃos, que gozan de crédito a nuestro alrededor, merecen al menos ser escuchados. Para mÃ, sólo ganan a la inanidad, pero le ganan. Aun las opiniones vulgares y fortuitas pesan más que nada en la naturaleza. Y quien no se deja ir hasta ahÃ, cae tal vez en el vicio de la obstinación por evitar el de la superstición.[6]