Los ensayos

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A quien apuntara recto a la curación, y deliberara antes de actuar, se le quitarían probablemente las ganas de intervenir. Pacuvio Calavio corrigió el vicio de este proceder con un ejemplo insigne. Sus conciudadanos se habían amotinado contra sus magistrados. Él, personaje de gran autoridad en la ciudad de Capua, encontró un día la manera de encerrar al senado en el palacio, y, convocando al pueblo en la plaza, les dijo que había llegado el día en que podrían vengarse, con plena libertad, de los tiranos que los habían oprimido durante tanto tiempo, a los cuales tenía a su merced solos e inermes. Fue del parecer que se les sacara al azar de uno en uno, y se dispusiera de manera particular sobre cada cual, haciendo ejecutar de inmediato lo que se decretara; con la condición, por otra parte, de que acto seguido aconsejaran establecer a algún hombre de bien en el sitio del condenado, para que éste no quedara vacante de magistrado. En cuanto oyeron el nombre de un senador, se alzó un clamor de descontento general en contra de él. «Me doy cuenta», dijo Pacuvio; «a éste hay que destituirlo; es un malvado: cambiémoslo por uno bueno». Hubo un repentino silencio, pues todo el mundo se vio en un gran aprieto para elegir. Cuando uno más desvergonzado propuso a alguien, se produjo un acuerdo de voces aún mayor para rehusarlo, con cien imperfecciones y justos motivos que lo desechaban. Enardecidas estas inclinaciones contradictorias, fue todavía peor con el segundo senador, y con el tercero. Hubo tanta discordia en la elección como acuerdo en la destitución. Inútilmente fatigados por el tumulto, empezaron, por un lado y otro, a escabullirse poco a poco de la asamblea, llevándose todos la determinación en el alma de que el mal más viejo y más conocido es siempre más soportable que el mal reciente y no experimentado.[57]


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