Los ensayos
Los ensayos b | Como casa desde siempre libre, de fácil acceso y servicial para todo el mundo —pues nunca me he dejado inducir a convertirla en un instrumento de guerra; ésta prefiero irla a buscar allà donde está más alejada de mi vecindad—, mi casa ha merecido considerable afecto popular, y serÃa muy difÃcil desafiarme en mi propio corral. Y me parece una extraordinaria obra maestra y ejemplar que se mantenga aún virgen de sangre y de pillaje, con una tormenta tan prolongada, tantos cambios y tantos tumultos cercanos. Porque, a decir verdad, a alguien de mi temperamento le era posible escapar a una forma constante y continua, fuese la que fuese. Pero las invasiones y las incursiones contrarias, y las alternativas y vicisitudes de la fortuna a mi alrededor, hasta ahora han exasperado más que calmado el humor del paÃs, y me sobrecargan de peligros y de dificultades invencibles. Escapo; pero me disgusta que sea más por fortuna, e incluso por prudencia, que por justicia, y me disgusta no gozar de la protección de las leyes, y estar bajo otro amparo que el suyo. Tal y como están las cosas, vivo más que a medias del favor ajeno, lo cual constituye una dura obligación. No quiero deber mi seguridad ni a la bondad y benevolencia de los grandes, que aprecian mi apego a la ley y mi libertad, ni al carácter afable de mis predecesores y mÃo. En efecto, ¿qué sucederÃa si fuera de otro modo? Si mi conducta y la franqueza de mi trato, o el parentesco, obligan a mis vecinos, es una crueldad que puedan compensarme dejándome vivir, y que puedan decir: «Le concedemos c | la libre continuación del servicio divino en la capilla de b | su casa, c | dado que hemos arrasado todas las iglesias de los alrededores; y le acordamos el uso de sus bienes, b | y su vida, ya que preserva a nuestras mujeres y nuestros bueyes en caso de necesidad». Desde hace tiempo, en mi casa participamos de la alabanza de Licurgo de Atenas, que era el depositario y guardián general de las bolsas de sus conciudadanos.[88]