Los ensayos
Los ensayos Si temiera morir en otro sitio que el de mi nacimiento, si pensara morir menos a mis anchas alejado de los míos, a duras penas saldría de Francia; no saldría sino atemorizado de mi parroquia. Siento que la muerte me punza continuamente la garganta, o los riñones. Pero estoy hecho de otra manera; me da igual encontrarla en un sitio o en otro. Si, pese a todo, tuviera que elegir, la elegiría, creo, antes a caballo que en un lecho: fuera de mi casa y lejos de los míos. Hay más tormento que consuelo en despedirse de los amigos. De buena gana olvido este deber de nuestra cortesía, porque, entre las obligaciones de la amistad, es la única desagradable, y de buena gana olvidaría también decir este gran y eterno adiós. Si se obtiene algún provecho de esta presencia, reporta cien inconvenientes. He visto a muchos moribundos asediados de manera muy lastimosa por todo este séquito; el gentío los abruma. Es contrario al deber, y prueba de poco afecto y de escasa atención, que te dejen morir tranquilo. Uno te tortura los ojos, otro los oídos, otro la boca; no hay sentido ni miembro que no te destrocen. El corazón se te encoge de lástima al oír los lamentos de los amigos, y tal vez de enojo al oír otros lamentos fingidos y enmascarados. Si uno siempre ha tenido el gusto delicado, al debilitarse, lo tiene más delicado aún. En un trance tan importante precisa de una mano suave y acorde con su sentimiento, para que le rasque exactamente allí donde le escuece; o que nadie le rasque en absoluto. Si necesitamos una mujer sabia para que nos traiga al mundo, necesitamos un hombre todavía más sabio para que nos saque de él.[144] Uno así, y amigo, habría que adquirirlo a muy alto precio para que ayudara en semejante ocasión.