Los ensayos

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b | Nuestra aptitud está dividida en pequeñas partes. La mía carece de extensión, y además es pobre en número. Saturnino dijo a quienes le habían cedido todo el mando: «Compañeros, habéis perdido un buen capitán para hacer un mal general».[215] Quien se jacta, en unos tiempos enfermos como éstos, de aplicar al servicio del mundo una virtud genuina e íntegra, o no la conoce, pues las opiniones se corrompen a la vez que las costumbres —en verdad, oídsela describir, oíd a la mayoría gloriarse de su comportamiento y formar sus reglas; en vez de describir la virtud, describen la pura injusticia y el vicio, y la presentan con esta misma falsedad a la educación de los príncipes—, o, si la conoce, alardea sin razón, y, por más que diga, hace mil cosas de las cuales su conciencia le acusa. Creería de buena gana a Séneca sobre la experiencia al respecto que vivió en una ocasión semejante,[216] con tal de que aceptara hablarme de ella con toda franqueza. El signo más honorable de bondad en este trance es reconocer libremente la propia falta y la ajena, resistir y demorar con todas las fuerzas la inclinación hacia el mal, seguir a regañadientes esta tendencia, esperar y desear algo mejor. En estos desgarros y divisiones de Francia en que hemos caído, observo que cada cual se esfuerza por defender su causa, pero, aun los mejores, mediante la simulación y la mentira. Si alguien escribiera sobre ello sin tapujos, escribiría temeraria y viciosamente. La facción más justa no deja de formar parte de un cuerpo corrupto y podrido. Pero, de un cuerpo así, a la parte menos enferma se le llama sana; y con toda justicia, ya que nuestras cualidades no se fundan sino en la comparación. La inocencia civil se mide según los sitios y los momentos. Me gustaría mucho ver en Jenofonte una alabanza semejante de Agesilao. Al solicitarle un príncipe vecino, con el cual en otros tiempos había librado una guerra, que le dejara pasar por sus tierras, le concedió el permiso. Le dejó pasar a través del Peloponeso; y no sólo no lo encarceló ni envenenó, cuando lo tenía a su merced, sino que lo acogió cortésmente, siguiendo la obligación de su promesa, sin infligirle daño alguno.[217] Para caracteres como aquéllos, esto no era decir nada; en otro sitio y otro tiempo, se tomará nota de la franqueza y la magnanimidad de tal acción. Nuestros colegiales se habrían reído. Hasta tal extremo la inocencia espartana se parece poco a la francesa.


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