Los ensayos

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La ambición no es un vicio propio de pequeños camaradas, ni de esfuerzos como los nuestros. Le decían a Alejandro: «Vuestro padre os legará un gran dominio, cómodo y pacífico». El muchacho envidiaba las victorias de su padre, y la justicia de su gobierno. No habría querido gozar del imperio del mundo de una manera blanda y apacible.[99] c | Alcibíades, en Platón, prefiere morir joven, hermoso, rico, noble, docto, todo ello con excelencia, a detenerse en el estado de tal condición.[100] b | Semejante enfermedad tiene quizá excusa en un alma tan fuerte y tan rica. Cuando estas almitas enanas y raquíticas se ilusionan, y creen esparcir su nombre porque han juzgado rectamente un asunto, o porque han seguido el turno de las guardias de una puerta de ciudad, enseñan tanto más el culo cuanto más esperan alzar la cabeza. Este menudo obrar bien carece de cuerpo y de vida. Se desvanece en la primera boca, y no se propaga más que de un cruce de camino a otro. No temas hablar de ello a tu hijo y a tu criado. Como lo hacía aquel antiguo que, al no tener otro oyente de sus alabanzas, ni convencido de su valor, se ufanaba ante su criada exclamando: «¡Oh Pedrita, qué hombre más valeroso y capaz tienes como amo!».[101] Háblalo contigo mismo, en el peor de los casos. Como aquel consejero, conocido mío, que, tras vomitar un montón de párrafos con extrema concentración y parecida inepcia, se retiró de la cámara del consejo, para ir al urinario del palacio, y fue oído murmurando entre dientes concienzudamente: «Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam»[102] [No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre has de dar gloria]. Quien no pueda hacerlo de otro modo, que se pague con su propia bolsa.


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