Los ensayos
Los ensayos Mi cara me descubre al instante, c | y mis ojos. b | Todos mis cambios empiezan por ahÃ, y un poco más agrios de lo que son de hecho; a menudo doy lástima a mis amigos antes de que yo sienta la causa. Mi espejo no me sorprende, pues, incluso siendo joven, me ha sucedido más de una vez haber presentado una tez y un aire turbios y de mal pronóstico sin gran contratiempo; de manera que los médicos, que no encontraban en mi interior causa alguna que correspondiera a esta alteración externa, la atribuÃan al espÃritu y a alguna pasión secreta que me roÃa por dentro. Se equivocaban. Si el cuerpo se gobernara, tanto como lo hace el alma, de acuerdo conmigo mismo, andarÃamos un poco más contentos. Entonces la tenÃa no sólo libre de turbación, sino también llena de satisfacción y de fiesta, como lo está las más de las veces, a medias por su constitución, a medias a propósito:
Nec uitiant artus aegre contagia mentis.[130]
[Y el contagio de mi mente enferma no afecta al cuerpo].