Los ensayos

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Desde joven, me saltaba de vez en cuando alguna comida. A veces para avivar mi apetito al día siguiente, pues, así como Epicuro ayunaba y comía frugalmente para acostumbrar a su placer a privarse de la abundancia,[155] yo, por el contrario, lo hacía con vistas a preparar mí placer para aprovecharse mejor y servirse con más alegría de la abundancia. O a veces ayunaba para preservar mi vigor al servicio de alguna acción del cuerpo o del espíritu, pues el uno y el otro se me vuelven cruelmente perezosos por efecto de la saciedad —y sobre todo detesto la necia asociación de una diosa tan sana y tan alegre con ese diosecillo indigesto y eructador, hinchado por los vapores de su licor—.[156] O a veces para curar mi estómago enfermo; o por carecer de buena compañía, pues sostengo, como el mismo Epicuro, que no debe mirarse tanto lo que se come, cuanto con quién se come,[157] y alabo a Quilón por no haber querido prometer asistir al banquete de Periandro antes de informarse de quiénes eran los demás invitados.[158] Para mí no existe condimento tan dulce ni salsa tan apetitosa como los que se obtienen de la compañía.






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