Los ensayos
Los ensayos b | Entre las leyes que atañen a los difuntos, la que obliga a examinar las acciones de los príncipes una vez muertos me parece muy sólida.[6] Los príncipes son compañeros, si no dueños, de las leyes:[7] el poder que la justicia no ha ejercido sobre sus cabezas, es razonable que lo ejerza sobre su reputación y sobre los bienes de sus herederos —cosas que a menudo preferimos a la vida—. Es éste un uso que aporta ventajas singulares a las naciones donde se observa, y deseable para todos los buenos príncipes, c | que han de lamentar que se otorgue el mismo trato a la memoria de los malos que a la suya. La sujeción y la obediencia las debemos por igual a todos los reyes, pues concierne a su oficio; pero la estima, como el afecto, los debemos sólo a su virtud. Acordemos al orden político soportarlos con paciencia cuando sean indignos, ocultar sus vicios, secundar sus acciones indiferentes con nuestra alabanza mientras su autoridad necesite de nuestro apoyo. Pero, concluida la relación, no es razonable rehusar a la justicia y a nuestra libertad la expresión de nuestros verdaderos sentimientos, ni sobre todo rehusar a los buenos súbditos la gloria de haber servido con reverencia y fidelidad a un amo cuyas imperfecciones les eran tan bien conocidas —privando a la posteridad de un ejemplo muy útil—. Y quienes, por mor de alguna obligación privada, abrazan inicuamente la memoria de un príncipe reprobable, ejercen una justicia particular a costa de la justicia pública. Dice Tito Livio con razón que el lenguaje de los hombres criados bajo la realeza está siempre lleno de vanas ostentaciones y falsos testimonios:[8] todo el mundo eleva indiscriminadamente a su rey hasta el último límite del valor y hasta la grandeza suprema. Puede reprobarse la magnanimidad de aquellos dos soldados que respondieron a Nerón en sus propias barbas. Cuando éste le preguntó a uno de ellos por qué le quería mal, él le respondió: «Te apreciaba cuando lo merecías, pero, desde que te has convertido en un parricida, un incendiario, un titiritero y un auriga, te odio como lo mereces». El otro, ante la pregunta de por qué ansiaba matarlo, le dijo: «Porque no veo otro remedio a tus continuas maldades».[9] Pero los testimonios públicos y universales que fueron rendidos tras su muerte, y que lo serán por siempre jamás, a él y a todos los malvados como él, de su comportamiento tiránico y abyecto, ¿quién en su sano juicio puede reprobarlos?