Los ensayos

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c | Pero dejemos estos ánimos gloriosos. Teodoro respondió a Lisímaco, que le amenazaba con la muerte: «Harás una gran cosa alcanzando la fuerza de una cantárida».[11] La mayoría de los filósofos han anticipado deliberadamente su muerte o la han acelerado y auxiliado. a | ¡A cuántas personas del pueblo vemos que, llevadas a la muerte, y no a una muerte simple sino mezclada con infamia y a veces con graves tormentos, manifiestan tal seguridad, unos por obstinación, otros por simpleza natural, que no advertimos cambio alguno respecto a su estado común! Disponen sus asuntos domésticos, se encomiendan a sus amigos, cantan, predican y charlan con el pueblo, a veces incluso introducen algún chiste y beben por sus conocidos, tan bien como lo hizo Sócrates. Uno a quien llevaban a la horca decía que no pasaran por tal calle porque corría el peligro de que un comerciante le hiciera coger por el cuello a causa de una vieja deuda. Otro le decía al verdugo que no le tocara la garganta, no fuese a darle un ataque de risa, tantas cosquillas tenía. Otro le respondió al confesor, que le prometía que ese día mismo cenaría con nuestro Señor: «Ve tú: yo por mi parte ayuno». Otro pidió de beber y, como el verdugo bebió primero, dijo que no quería beber después de él, no fuese a coger la viruela. Todo el mundo ha oído el cuento del picardo. Cuando estaba en la escalera, le presentaron una muchacha y —tal como permite a veces nuestra justicia— le dijeron que, si aceptaba casarse con ella, salvaría la vida. Tras observarla un poco y advertir que cojeaba, dijo: «Ata, ata, que es coja». Y se dice también que, en Dinamarca, a un hombre condenado a cortarle la cabeza le ofrecieron un trato semejante cuando estaba sobre el cadalso, y lo rehusó porque la chica que le ofrecieron tenía las mejillas hundidas y la nariz demasiado puntiaguda.[12] Un criado en Toulouse, acusado de herejía, como única razón de su creencia se remitía a la de su amo, joven estudiante prisionero con él; y prefirió morir a dejarse convencer de que su amo podía estar en un error.[13] Leemos que, cuando el rey Luis XI conquistó la ciudad de Arras, buen número de hombres del pueblo prefirieron dejarse colgar a decir «Viva el rey».[14]


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