Los ensayos
Los ensayos a | Y, entre las viles almas de los bufones, las ha habido que se han negado a renunciar a sus chanzas[15] incluso en el trance de la muerte. Uno exclamó cuando el verdugo le daba el empujón: «Y ruede la bola», que era su cantinela habitual.
Y otro, a punto de entregar la vida, al que habían acostado en un jergón junto a un fuego, le respondió al médico que le preguntaba dónde le dolía: «Entre el banco y el fuego». Y, cuando el sacerdote, para darle la extremaunción, le estaba buscando los pies, que tenía agarrotados y contraídos por la enfermedad, dijo: «Los encontrarás al final de mis piernas». Al hombre que le exhortaba a encomendarse a Dios, le preguntó: «¿Quién va allí?»; y al responder el otro: «Tú mismo dentro de poco, si Él quiere». «Ojalá esté ahí mañana por la tarde», replicó. «Encomiéndate sin más a Él», siguió el otro, «llegarás pronto». «Entonces, más vale que le lleve mi recomendación yo mismo», añadió.[16]