Los ensayos
Los ensayos c | En el reino de Narsinga, aún hoy entierran vivas a las esposas de los sacerdotes junto al cadáver de sus maridos. Las demás esposas son quemadas[17] en los funerales de los suyos, no ya con entereza sino con alegría. A la muerte del rey, esposas y concubinas, favoritos y todos los funcionarios y servidores, que forman una multitud, se entregan con tanto gozo a la hoguera donde arde su cadáver que parecen honrrarse sobremanera acompañando a su amo.[18] Durante nuestras últimas guerras de Milán, que vieron tantas conquistas y reconquistas, el pueblo, incapaz de soportar cambios tan variados de fortuna, estaba tan resuelto a la muerte que mi padre, según le oí decir, vio cómo se contaron no menos de venticinco cabezas de familia que se habían quitado la vida en una semana. El suceso recuerda al de la ciudad de los jantianos, que, sitiados por Bruto, se arrojaron al vacío, hombres, mujeres y niños revueltos, con un empeño tan furioso por morir, que todo lo que nosotros hacemos para evitar la muerte ellos lo hicieron para evitar la vida. Hasta el extremo que Bruto pudo apenas salvar a unos pocos.[19]