Los ensayos

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a | Prefiero el primer humor, no porque sea más grato reír que llorar, sino porque es más desdeñoso, y nos condena más que el otro —y me parece que jamás podemos sufrir tanto desprecio como merecemos—. El lamento y la conmiseración se mezclan con cierta apego por aquello de lo que nos lamentamos; las cosas de las que nos reímos, las consideramos sin valor. No creo que en nosotros haya tanta desdicha como vanidad, ni tanta malicia como sandez; no estamos tan llenos de mal como de inanidad; no somos tan miserables como viles. Así, Diógenes, que callejeaba apartado de los demás, haciendo rodar su tonel y desairando al gran Alejandro, y que nos consideraba una suerte de moscas o de vejigas llenas de viento, era un juez más acerbo y más hiriente, y en consecuencia, a mi entender, más justo que Timón, aquél a quien apodaron el Misántropo.[7] Porque lo que uno aborrece se lo toma a pecho. Éste nos deseaba el mal, tenía el apasionado deseo de destruirnos, rehuía nuestro trato como un peligro, como el trato de malvados y de seres de naturaleza depravada. El otro nos estimaba tan escasamente que no podíamos turbarlo ni alterarlo con nuestro contagio; evitaba nuestra compañía no por temor sino por desdén a nuestro trato. No nos consideraba capaces ni de hacer el bien ni de hacer el mal.



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