Los ensayos

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Ignoro si les sucede a los demás como a mí. Pero yo no puedo evitar, cuando oigo a nuestros arquitectos hincharse con esas gruesas palabras —«pilastras», «arquitrabes», «cornisas», «de estilo corintio y dórico» y otras semejantes de su jerigonza—, que mi imaginación se adueñe de inmediato del palacio de Apolidón;[20] y, en realidad, descubro que se trata de las pobres piezas de la puerta de mi cocina. b | Si oyes decir «metonimia», «metáfora», «alegoría» y otros términos gramaticales similares, ¿no parecen referirse a alguna forma de lenguaje raro y peregrino? Se trata de títulos que atañen a la charla de tu criada. a | Engaño cercano a éste es denominar los oficios de nuestro Estado con los soberbios títulos de los romanos, aunque no haya semejanza alguna de cometido, y aún menos de autoridad y de poder.[21] Y también uno que algún día valdrá, a mi juicio, como reproche a nuestro siglo: aplicar indignamente a cualquiera que se nos antoja los sobrenombres más gloriosos con que la Antigüedad honró a uno o dos personajes en muchos siglos. Platón arrastró, por acuerdo universal, el apodo de divino, que nadie ha intentado hurtarle; y los italianos, que se jactan, y con razón, de tener por regla general el espíritu más despierto, y el razonamiento más sano, que las demás naciones de su tiempo, acaban de atribuírselo al Aretino,[22] el cual, salvo una manera de hablar hueca e inflada de agudezas, éstas a decir verdad ingeniosas, pero muy rebuscadas y fantásticas, y aparte, en suma, de la elocuencia, mayor o menor, no veo que tenga nada por encima de los autores comunes de su siglo; y, mucho menos, que se aproxime a la divinidad antigua. Y el apodo de grande, lo asociamos a príncipes que nada poseen por encima de la grandeza popular.


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